Viñetas para la historia (XXXV). Little Ego. La pequeña Ego en el País de los Sueños

Coincidiendo el inicio del siglo XX, Sigmund Freud publica en Alemania Die Traumdeutung, tratado sobre el análisis de los sueños con el que el autor alemán revolucionaría el campo de la ciencia psicológica y a la vez traería consigo una nueva corriente de pensamiento social enormemente interesada en los novedosos fundamentos que el libro presentaba. A finales del año 1905 comienzan a aparecer en las páginas del New York Herald las aventuras de uno de los niños más populares del cómic bajo el título de Little Nemo in Slumberland, donde el estadounidense Winsor McCay recrea un mundo de imposible fantasía que narraba, entrega tras entrega, todas las emociones que en forma de sueños acudían cada noche a la mente del protagonista. Los cerca de tres lustros que duró la primera edición de las historias del pequeño Nemo marcaron un antes y un después en el transcurso de la historia del arte, con influencias claras que quedaron reflejadas en una miríada de artistas no sólo relacionados con el mundo del cómic sino con el cine, la literatura o la pintura, llegándose incluso a relacionar la obra de McCay con la corriente posterior del surrealismo.

El detalle del dibujo de Giardino.

En mayo de 1983, casi 8 décadas después de la publicación de la primera plancha de Little Nemo in Slumberland, se publica en la revista Glamour International Magazine la primera historia de Little Ego, el personal homenaje de Vittorio Giardino a la obra de Winsor McCay. A primera vista, el alto contenido erótico de las historias que se recrean puede resultar contradictorio y hasta ultrajante, sobre todo para los puristas de la obra de McCay, aunque el buen hacer de uno de los autores más importantes que ha dado el mundo de la historieta pronto desplaza el equívoco reclamo sexual y convierte al lector avezado en un auténtico explorador de trazos, obligado a sumergirse entre las múltiples equivalencias que en cada una de las viñetas el dibujante italiano se afana en ofrendar a una de sus obras más queridas. El paso de esta creación a la revista Comic Art a partir de julio de 1985 afianza la idea de un resultado mucho más cuidado y profesional que hay que afrontar sin gazmoñerías.

Que Little Ego agasaja las virtudes de Little Nemo es una evidencia.

En Little Ego nos encontramos a un Giardino que ha dejado atrás el trazo mostrado en Sam Pezzo y que ha evolucionado hasta dominar esa linea de dibujo suave y elegante que le acompañará durante toda su carrera. Aunque el boloñés lleva el desarrollo de los personajes y del propio argumento a un terreno más adulto, la estructura de fondo se mantiene y en poco se distingue del cómic de McCay. La joven y muy sensual Ego se nos muestra en cada episodio inmersa en un mundo construido con sus sueños, fantasías repletas de erotismo que la hacen avergonzarse una vez que, al final de cada secuencia, se despierta sobre su cama y afronta una realidad de la que sólo ella y su analista están al tanto. Al igual que el pequeño Nemo, la protagonista de Little Ego visitará lugares recónditos cargados de belleza donde vivirá argumentos sin sentido que obviamente no tienen cabida fuera de su mente y que terminarán encadenándose al igual que ya sucedía con las historias dominicales. Flores caprichosas cuyos pistilos lamen su cuerpo sin recato, cocodrilos que emergen del fondo de la bañera y satisfacen sus deseos más íntimos o extraños paraguas de mango antojadizo que quedan atrapados en el hueco de su virtud, amén de una extravagante historia por el lejano Oriente con princesas raptadas, príncipes de cuento y un harén repleto de bellas mujeres que esperan ansiosas el abandono del aburrimiento.

Scheherazade, ansiosa por salir del harén.

Una vez aislado el prejuicio de la vulgaridad, como ya se ha dicho es preciso contemplar, de forma física, la obra de Giardino junto a la de McCay y observar cómo las historias del primero rinden fascinante pleitesía a las originales. Bajo un espectacular trazo repleto de detalles que sin embargo nada tiene que ver con el barroquismo, se percibirá entonces como en Little Ego nada se alza por casualidad, pues todo tiene un origen en la obra reverenciada. Todos los argumentos, enclaves, composición de página, título, colorido, dibujo de estructuras, cualquier cosa que queramos ver, podrá ser comparada con las planchas de Little Nemo en un curioso juego al que Giardino se presta sin recato alguno y en el que puede evidenciarse que no ha dejado ningún detalle al azar. Es una delicia contemplar como las composiciones de página se adaptan incluso a los lugares que Ego visita, como es el caso de las separaciones entre viñetas con forma de arabesco cuando la historia queda localizada en el lejano Oriente o esas viñetas centrales circulares o cilíndricas que representan la perplejidad de la protagonista y alrededor de las cuales gira todo el resto de la historia.

Un ejemplo de la adaptación del título al argumento.

Vittorio Giardino deja para la posteridad una obra maravillosa repleta de dibujos excepcionales que a nadie habría de dejar indiferente y que cualquier amante del arte tendrá que cuidarse de no tenerla en un lugar privilegiado de su librería, quién sabe si al lado de esa otra joya que es el Little Nemo in Slumberland de Winsor McCay. Para ello, eso sí, el lector habrá tenido que dejar atrás la consideración de la obra como producto meramente comercial que utiliza el sexo como reclamo y parece alejarse de la producción habitual del autor, pues es evidente que este extremo no es tal.





A continuación, otros tantos ejemplos interesantes de contemplar donde se aprecian con claridad las semejanzas de la obra de Giardino con la de McCay, a los que sigue la habitual tanda de imágenes a modo de referencia:








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