Viñetas para la historia (XXIV). El Miserere

En el mes de febrero del año 1971 la revista Trinca publica una adaptación dibujada en cinco páginas por Carlos Giménez del cuento de Gustavo Adolfo Bécquer titulado El Miserere. En ella Giménez prueba una serie de nuevas ideas relacionadas con la composición de la página que a la postre terminan por convertir el relato en una pequeña joya de la historieta española a la vez que nos permite observar la evolución de uno de los artistas más grandes que ha dado el cómic internacional.

Las dos primeras páginas de la historia nos muestran la llegada de un romero a la abadía navarra de Fitero, donde es recibido por un monje que escucha con atención lo que el peregrino tiene a bien contarle sobre su vida y sus pretensiones. La intención de éste, que fue en su día músico de renombre, es escribir un miserere que le redima de todo el mal que en algún tiempo pasado cometió. El hermano le habla entonces de un triste cántico que puede escucharse todas las noches de Jueves Santo en las montañas. Allí quedaron las ruinas de un monasterio que en la antigüedad vivió su destrucción a manos de unos sanguinarios bandoleros y de allí surgen lúgubres quejidos que emiten las almas de los monjes que fueron masacrados.

El romero sube a la montaña y ante los vestigios de la antigua iglesia, pensando ya que ha sido engañado por el fraile, llegan a sus oídos unos sonidos tan extraños como inquietantes que comienzan con el tañido de unas campanas que ya no existen. Es entonces cuando se muestran ante el lector toda una serie de recursos narrativos que prescinden del texto y que se apoyan en la onomatopeya, las figuras cadavéricas de los monjes y las expresiones de espanto del protagonista para trasladar la acción a un escenario de verdadero terror que nunca antes las páginas de un tebeo habían enseñado de esa forma.

El empleo de las luces y las sombras, el sorprendente y novedoso montaje de las viñetas y el formidable uso que el autor hace del tiempo narrativo son todas nuevas formas de expresión, experimentos al servicio de una historia que consigue su propósito casi a la perfección gracias al uso de esos recursos. Todo acaece en segundos. El órgano emite su terrible sinfonía y los monjes cantan bajo una vidriera que se ilumina nadie sabe bien con qué luz. El rostro del músico nos muestra la transición desde la agonía del terror hasta la pérdida de la cordura. Pues ya está loco cuando ha terminado de escuchar el miserere y loco morirá sin poder escribir el final del cántico.

Con la asombrosa historia de El Miserere Carlos Giménez da una vuelta de tuerca a su carrera y a la propia concepción del cómic en una época de cambios en la que se trataba de acercar la historieta a un terreno cultural más específico. Sin llegar a conseguir del todo su objetivo gracias a una pésima gestión editorial, la censura y váyase usted a saber qué más inconvenientes, sí que sirvió al menos para presentar retazos del progreso que experimentaba el que con el tiempo sería uno de los autores más importantes del mundo de la historieta.







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