Viñetas para la historia (XXXVII). Uncanny X-Men. Lobezno vs. Dientes de Sable

Conviene de vez en cuando recordar que el carácter fundamental de una propuesta que quiera acercarse al mayor número posible de espectadores ha de ser el del entretenimiento más allá de cualquier otro planteamiento. El abandono de ese precepto a manos de autores poco cualificados ha traído consigo fracasos estrepitosos y épocas de crisis que en diversos momentos de la historia han amenazado con acabar con una industria que, presa de esa soberbia que genera el éxito de alguna fórmula determinada, se ha creído en posesión del privilegio de cambiar el pensamiento masivo. La ruina del mercado de cómics estadounidense en la década de los noventa es un claro ejemplo de cómo la repetición de una fórmula equivocada provocará invariablemente la caída de la producción, como una burbuja económica siempre termina por explotar al final de su ciclo.

En algún momento de esos años noventa alguien olvidó que el cómic de super-héroes, por su propia concepción y más allá de juicios vanos sobre el tipo de público al que supuestamente va dirigido y sus gustos, es la fuente perfecta para generar diversión en el sentido más estricto de la palabra. Y es precisamente distracción lo que el lector de este tipo de historias busca cuando abre uno de esos cómics entre sus manos.

Este razonamiento fue aplicado con maestría por Chris Claremont desde mediados de los setenta hasta finales de los ochenta en la serie Uncanny X-Men, donde sus guiones, que se acompañaban por regla general con el trabajo de unos dibujantes fantásticos y comprometidos, revitalizaron y lograron poner en los primeros lugares de las listas de ventas una cabecera que nunca había cosechado éxito alguno y terminaron por convertirle en uno de los escritores más importantes de la historia de la editorial Marvel. En 1986, fiel a la idea de que el espectáculo no ha de parar bajo ninguna circunstancia, el guionista conduce las cabeceras de mutantes hacia una saga que por vez primera reúne a todos los personajes bajo el paraguas de un evento común que lisiaría las vidas de algunos de los más emblemáticos. El acto final de dicha odisea desarrollará una inolvidable secuencia entre dos de los caracteres más salvajes y enigmáticos de todo ese universo que Claremont había desarrollado durante décadas: Dientes de Sable y Lobezno.

Con la trama principal de Mutant Massacre ya finiquitada, el número 213 de Uncanny X-Men, puesto a la venta el primer mes del año 1987, presenta un argumento simple pero efectivo que recoge en una veintena de páginas toda la esencia explicada en los párrafos anteriores. El cuartel general de los mutantes, la mansión de Xavier, ha quedado al cuidado de un mermado grupo que vela como puede por los caídos en los enfrentamientos anteriores. Por sorpresa y buscando rematar la faena, un Dientes de Sable en plenitud de facultades se lanza contra los restos del grupo de mutantes y se encuentra con la oposición directa de Lobezno, un miembro de los X-Men que posee unos poderes de curación muy similares a los suyos. En ese momento da comienzo una espeluznante lucha entre dos de los actores mas salvajes de todo el universo de ficción de la Marvel que durante seis páginas buscarán destrozarse mutuamente mientras Mariposa Mental, la nueva telépata del grupo, intentará sacar información de la cabeza de Dientes de Sable sobre los objetivos de su grupo de asesinos.

Los textos de Chris Claremont se reparten sutilmente entre viñetas en forma de pequeños bocadillos de pensamiento que paran momentáneamente el ansia del lector por pasar rápidamente a la página siguiente, donde descubrirá que la contienda no va a terminar en un par de cuadros. Los lápices de un Alan Davis en su mejor momento y los acabados de Paul Neary, uno de los entintadores que más han realzado el trabajo del dibujante inglés, representan a la perfección la bestial vorágine de sensaciones que han de darse en una situación de este tipo. Viñeta tras viñeta, sin pausas, los dos contendientes apalean y rasgan sus cuerpos hasta la extenuación, despedazando todas aquellas partes del rival que quedan sin golpear, en una sucesión de dibujos espectaculares que transmiten al espectador todos los detalles de la batalla.

El ya histórico final de la “masacre mutante” no sólo ha quedado como uno de los numerosos ejemplos de por qué los guiones de Claremont fueron tan importantes en el ascenso y posterior posicionamiento de Uncanny X-Men como uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta el universo de personajes de la editorial Marvel, sino que también contiene todos los elementos por los cuales el género de super-héroes ha de ser tratado en general como un producto destinado al entretenimiento sin añadidos. Como ya se ha apuntado y sin que un concepto aparentemente tan simple sea sinónimo de falta de talento o de esfuerzo, salvo contadas excepciones cuya repetición se ha demostrado absurda, esto es lo que este tipo de historias han de trasmitir por encima de todo lo demás.




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