Viñetas para la historia (XXXI). Planetary. Es un mundo extraño

La necesidad de renovación y supervivencia de un género necesitado de nuevas ideas dio lugar a mediados de los ochenta a una serie de obras que revolucionaron los conceptos desde los que hasta entonces se habían planteado las diferentes historias destinadas al público mayoritario (mainstream). Los guiones de Alan Moore y Frank Miller marcaron la tendencia a seguir por una industria que no llegó a comprender del todo los destructivos argumentos que estos escritores habían querido desarrollar y los aplicaron de tal forma que poco faltó para el final de toda la producción. Leyendo a fondo obras como Watchmen o Batman: The Dark Knight Returns, quién sabe si no era esto último precisamente lo que sus creadores pretendían.

Cercano el preludio del cambio de siglo y pasada ya la fiebre de una reestructuración de la industria poco menos que caótica, una oleada de nuevos autores vuelven a desarrollar conceptos parecidos a los de los creadores antes mencionados, pero mostrando a todas luces que sus innovaciones, ya sea por amor al género o por una simple cuestión de subsistencia, llegan para aportar todos los puntos de vista que sean necesarios para vender el producto pero jamás para dañar al mismo de ninguna de las maneras. Nos encontramos entonces a autores como Mark Millar, Warren Ellis o Grant Morrison iniciando propuestas que sobre el tapete pueden parecer una revolución de las ideas imperantes pero que al final de su desarrollo y salvo contadas excepciones, no pasan de ser una serie de guiones bien estructurados que no quieren o no pueden ahondar demasiado en su propio desenlace lógico.

En abril de 1999 y formando parte de una campaña de relanzamiento del sello Wildstorm, absorbido un año antes por la editorial DC Comics, se pone a la venta el primer número –si no contamos la previa que medio año antes sale publicada en varios cómics de la editorial– de la serie Planetary. Contará con los guiones de un Warren Ellis que por aquel entonces ya empezaba a ser conocido por su trabajo en Stormwatch y su irreverente Transmetropolitan y a todas luces puede observarse que su libertad creativa es absoluta. La errática publicación se alargará durante una década –hasta octubre de 2009–, quedando finalizada en su número veintisiete y presentando al lector un conjunto formado por más de 650 páginas que sin lugar a dudas conforma uno de los mejores tebeos producidos en el primer decenio del siglo XXI. Aquí, al contrario de lo que pudiera pasar con otros planteamientos, estos serán llevados hasta el extremo, sin miedo a unas posibles consecuencias que, sin embargo y con el paso de las viñetas, se adivinan en absoluto perjudiciales para cualquiera de los géneros o personajes referenciados de una forma u otra en la obra que nos ocupa.

El hilo conductor de toda la trama nos presenta a una organización conocida como Planetary cuya principal función en el orden de las cosas es la de catalogar la historia secreta del planeta Tierra. Dotada de una infraestructura y unos recursos aparentemente inagotables, cuenta para llevar a cabo la mayoría de sus intervenciones con un equipo de tres seres excepcionales que ya en el primer número se presentan como los arqueólogos de lo imposible: Jakita Wagner, poseedora de una fuerza y rapidez extraordinarias, The Drummer, capaz de establecer contacto con cualquier tipo de sistema de información, y Elijah Snow, nacido a principios de siglo, con el poder de cambiar a su antojo la temperatura de las cosas e hilo conductor de toda una historia paralela a los acontecimientos aparentemente principales que se mostrará con el paso de los capítulos como la verdadera esencia argumental de toda la trama.

Y es que lo que en un principio puede parecer una serie que reclama en sus páginas la nostalgia de épocas pasadas, homenajeando sin tapujos innumerables referencias de distintas artes, se va conformando como una reinterpretación de toda aquella cultura popular relevante acaecida desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. Tomando como punto de partida cualquier universo ficticio que pueda adaptarse a la situación que ocupa en ese momento a los protagonistas o a su historia pasada, Ellis disecciona y cambia sin pestañear toda la historia oculta de la tierra en su último siglo de existencia, pasando por encima de mitos como el de Sherlock Holmes, Tarzán, Frankenstein, Fu Manchú, Drácula, el llanero solitario, Godzilla o James Bond, y los engarza alrededor de una conspiración global orquestada por el grupo que allá en los años sesenta crearan Stan Lee y Jack Kirby, removiendo los cimientos de la industria del cómic y del entretenimiento en general y cuyos cuatro integrantes son aquí presentados como un puñado de seres sin escrúpulos ni moral que sirven de contrapeso directo a la labor de los protagonistas principales. Es impresionante observar como el autor toma a su antojo y con una desfachatez que supera la pura provocación elementos aparentemente intocables de la cultura “pulp”, los cómics de la Golden Age o la literatura de ficción y los adapta para insertarlos en una trama de dimensiones cósmicas que no trata en ningún momento de justificar su existencia dentro de un mundo real. La espectacularidad y el divertimento se logran sin querer siquiera aparentar que todo sucede en un entorno conocido o, como mínimo, completamente documentado, así que los acontecimientos que ha vivido la humanidad tal y como la conocemos siguen ahí, pero la trama de la historia es pura ciencia ficción y como tal es presentada. Desde el momento en que el lector no es engañado con ninguna premisa que ate el argumento, todo se puede esperar del desarrollo del mismo, dando como resultado algo ciertamente fascinante que se encuentra a la altura de las mejores obras de “fanta-ficción” del planeta.

Para rematar el conjunto Warren Ellis cuenta con John Cassaday, compañero de viaje excepcional que da plasticidad a todas la ideas del guionista y ofrece, gracias al largo periodo de tiempo que la obra tarda en completarse, todo un tratado de lo que ha de ser la evolución de un artista soberbio que pasará a la historia como uno de los dibujantes más importantes del noveno arte. Todas y cada una de las ilustraciones de Planetary, empezando por una portada que en cada número se aleja del conjunto y se centra únicamente en el capítulo, están creadas para ajustarse como un guante al guión propuesto, sin buscar la venta de un falso espectáculo que otros dibujantes ofrecen por puro narcisismo o por carencias de la historia. Y es que en el caso que nos ocupa, el dibujante hallará momentos de sobra para demostrar su inmenso talento y transmitir al público la sensación de que ha cumplido con creces con todo lo que se le ha pedido.

Compendio de todo aquello que ha de representar una obra maestra, Planetary ha quedado ya grabada con oro en la historia del cómic y de la ficción en general. Gracias a Ellis y Cassaday, el mundo seguirá siendo un lugar extraño, lleno de magníficas sorpresas.




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