La madurez de una obra maestra (I). Blueberry. Balada por un ataúd



En una obra que se extiende a lo largo de más de cinco décadas es arduo complicado establecer cuál fue el momento culminante en el que pasó de ser una divertida serie juvenil del oeste a convertirse en referente indiscutible del cómic mundial. Al contrario de lo que puede establecerse en una novela gráfica unitaria de unos centenares de páginas, donde su confección ha podido limitarse a periodos nunca superiores al lustro, en Blueberry nos encontramos una historia que supera el millar de páginas y cuyas ramificaciones han dado lugar incluso al desarrollo de tramas secundarias relacionadas con el personaje y con alguno de los hechos que en la narración principal sucedían. Sin embargo en el caso que nos ocupa podemos establecer sin lugar a dudas la madurez de la serie haciéndola coincidir con el despunte definitivo de uno de sus autores: Jean Giraud.
Jean Michel Charlier, que durante el quinquenio que dura el primer arco argumental de la serie se había dedicado a escribir los guiones de una historieta de aventuras relacionadas con la época del “far west” americano, gira el concepto original y pasa a relatar la vida de uno de los protagonistas. Mike Steve Blueberry es un actor demasiado carismático y reclama desde el primer instante todo el protagonismo. A partir del ciclo denominado El Caballo de Hierro, que se extiende a lo largo de los años 1970 y 1971, Charlier termina de definir casi por completo al que ya se ha convertido en personaje principal de la serie y Giraud empieza a desligarse de la influencia de Jijé a marchas forzadas. El siguiente período, El Oro de la Sierra, completa esta evolución durante dos álbumes en los que el teniente Mike Blueberry es literalmente enterrado en las ruinas de una antigua mina y abandonado posteriormente bajo el mortal sol del desierto. Esto marcará el resurgir simbólico de un protagonista que, apoyado en el grafismo cada vez más desarrollado de Giraud, quedará listo para vivir la que posiblemente sea una de las mejores historias jamás contadas en las páginas de un tebeo.
El ciclo denominado El Tesoro de los Confederados, que comprende tres álbumes creados entre 1973 y la primera mitad de 1974, marca la etapa definitiva de la serie y encumbra a sus autores a la cima de la espectacularidad artística. Charlier firma una trama perfecta y sin resquicios que por si misma ya hubiera valido para mantener todo el ciclo en niveles altísimos, pero es que el dibujo de Giraud también alcanza en estos tres libros el trazo que será punto de partida para la evolución que le convertirá en Moebius. La historia titulada Balada por un ataúd además de cerrar magistralmente el ciclo se convierte por esta misma razón en el que probablemente sea el mejor álbum realizado hasta la fecha de toda una saga que a partir de entonces ya se reconoció mundialmente como una obra maestra de la historieta.
El argumento que nos lleva a este último álbum sitúa a un teniente Blueberry enviado clandestinamente hasta México tras la pista de un tesoro escondido por el ejército confederado en la época final de la guerra civil. Dicho oro, tras el que también van los federales mejicanos y un atajo de ex-combatientes sudistas metidos a bandidos enterados de la situación, según todos los indicios está enterrado en una tumba del cementerio de Tacoma y su ubicación exacta es conocida por el mismo coronel que lo puso allí. Charlier mueve acertadamente cada uno de los hilos de la trama hasta situar a todos los protagonistas de la historia bajo el mismo escenario y termina resolviendo la situación de forma soberbia e inesperada, dejando al personaje principal en una posición que servirá para desarrollar una trama posterior que se extenderá hasta la muerte del propio guionista y que bien pudiera haber sido el final mismo de las aventuras del teniente.
Tras el punto de inflexión que culmina con Balada por un ataúd, la serie de Blueberry ya no vuelve atrás bajo ninguna circunstancia, pese a que atraviesa durante años por diversos problemas que amenazan con hacerla desaparecer. La trama de Charlier ya tenía el curso bien definido desde que hizo encontrase a sí mismo a su personaje bajo las ruinas de aquella mina perdida y sus pasos serán guiados de forma extraordinaria a partir del fiasco personal que supone toda la aventura del oro y que sitúa a Blueberry fuera de la ley, perseguido por orden expresa del mismo presidente al que salva la vida. Un Giraud ya convertido en Moebius comienza a cansarse de un estilo de dibujo que necesita superar y el hastío se mezcla con las desavenencias editoriales que trae consigo la escisión de Pilote y el propio desencanto de Charlier. A pesar de todo ambos autores reconocen el éxito internacional en que ya se ha convertido su creación y continúan con una serie que será testigo directo de la evolución de un dibujante que firma aquí su gran obra maestra y constata la genialidad de un escritor que ayudó a revolucionar el mundo del cómic en los años sesenta. Ambos autores no harán sino superarse con la salida de cada episodio. El dibujo se transformará hasta confundirse con el de Moebius y girará de nuevo hacia los orígenes en los últimos álbumes escritos por Charlier en una muestra de cordura y buen hacer dignas de un gran autor. Los guiones rebosantes de acción y personajes secundarios que brillan con luz propia serán retomados por Giraud a la muerte de Charlier en un reconocimiento explícito a lo que fue uno de los pilares fundamentales en los que se sustentó esta gran obra de arte del cómic.




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